Puedo esperar, toda la vida, puedo ver todo lo que pasó,
porque no estoy en la crisis.
Cada tanto miro para atrás, y trato de entenderla, y de
entenderte.
No puedo, aunque veo las acciones, y trato de analizarlas,
no entiendo.
Ni puedo entender mi manera de proceder, ni cada uno de los
pequeños accidentes que generaron lo que pasó, todavía no entiendo.
Aunque trato (como todos) mirar hacia adelante, no puedo.
Siempre miro hacia atrás.
Siempre.
Busco la manera de salir un poco del agujero que se generó
con ese cambio.
Y siempre vuelvo a ese lugar, ESTE lugar, este momento de
soledad ácida, de soledad etílica, de soledad pentatónica, de soledad menor… Y
empiezo a caer en la crisis, en la sensación de que las cosas pasan porque los
caprichos son y no pasan.
Y dudo.
Y siento suavemente la repugnancia, hacia todo aquello que
separó la vida de la muerte, y el amor del deseo.
Y escucho, en los silencios y los sonidos de la noche,
aquellos reclamos que una vez me hiciste y que nunca escuché, y lloro.
Y espero que nunca leas estas palabras, porque sé que
llorarías también, porque conozco tu corazón y tu alma casi tanto como vos la mía,
y vas a poder hacerme daño una y otra vez, con cada una de tus armas, esas que
yo te di, confiando en que nunca las ibas a usar.
¿Qué ingenuo, no? Siempre estuvo la alarma en mi cabeza
diciéndome que no lo haga, y no le hice caso, porque te creí, sabiendo que no
debía hacerlo bajo ninguna circunstancia.
Y me vas a seguir haciendo
daño, y yo a vos, hasta el fin de los días.
Y me vas a seguir ayudando, a escribirte estas palabras que
nunca vas a leer.
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